En muchas empresas se dedica una enorme cantidad de trabajo al desarrollo de una estrategia. Los equipos directivos definen objetivos, iniciativas y programas, a menudo a lo largo de meses.
Estas estrategias suelen estar bien pensadas y fundamentadas.
Y ahí radica precisamente el reto: son complejas.
Cuando estos contenidos se comunican dentro de la empresa, suele ocurrir algo diferente: los empleados escuchan presentaciones, leen documentos estratégicos y, al final, solo les queda una vaga sensación.
«De alguna manera, estamos cambiando».
La relación entre las distintas iniciativas sigue sin estar clara. Los departamentos solo comprenden parcialmente su papel, y los debates giran más en torno a las interpretaciones que a la implementación.
Por lo tanto, el problema rara vez radica en la falta de estrategias.
A menudo se debe a la forma en que se transmiten.